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Nuestras sociedades partidas | Internacional

Nuestras sociedades partidas | Internacional

Sbado,
2
enero
2021

07:38

Estatua de Miguel de Cervantes profanada en San Francisco.REUTERS
  • Equipaje de mano Palmetazo a “La mano invisible”
  • Equipaje de mano Sombras chinescas

Del 2020, hemos visto proliferar estos das los balances. Forma parte del ritual cclico que marca el ao nuevo. Lo que destaca es la contorsin; la contorsin para subrayar aspectos positivos de los que se identifican como hitos. Empezando por la vacuna; que segn se anuncia deja chico al Blsamo de Fierabrs. En el arqueo tampoco falta la culminacin de la negociacin de Brexit o el respaldo sin fisuras de todos los Estados miembro; remachando que pocos lo esperaban. Con su apndice sobre Gibraltar, proclamado xito sin precedentes (inflacin discursiva que ya no sorprende a nadie). Se enfatiza el dao para “ellos” y se pasa en sordina lo que la amputacin de Reino Unido entraa ms all -mucho ms all- del comercio. Inevitable en el recuento tambin, el acuerdo presupuestario de la Unin -entre frugales y dispendiosos- pergeado por la Presidencia semestral alemana, acompaado del fondo de recuperacin y su innovadora frmula comanditaria; alcanzado -eso se pasa en puntillas- al precio de una alambicada, chapucera diramos aqu, transaccin sobre valores fundacionales (bonito oxmoron) que hipoteca futuro. Y para no alargar la lista, refiramos al fin, la salida de la Casa Blanca del grosero transgresor Donald Trump, elevada a bien pblico global por antonomasia.

Que no se me malentienda: lo necesitamos. Nuestra capacidad para absorber contrariedades est saturada. Es significativo que “confinamiento” haya sido consagrada palabra del ao. Con su regusto de repliegue, de cerrado, de medroso. Porque el sentimiento parangn -muy mayoritario entre nuestros conciudadanos en las democracias liberales de Europa y Amrica- estara entre la desazn y el desasosiego. El mundo se nos presenta “ancho y ajeno”. Y nos atenaza. Es la secuela de la crisis econmica iniciada en 2008. Del crecimiento raqutico. Del envejecimiento de nuestras comunidades. Del temor por la inmigracin desbocada. Y su corolario de perder pie las clases medias. De ajenidad de la poltica. De desconfianza ante lo que se nos sirve como informacin. Todo ello adobado por orquestada culpa difusa.

El efecto acumulado de estas percepciones individuales est minando los cimientos de nuestra convivencia. De la filosofa liberal que la inspira. El liberalismo se fundamenta (como la Ilustracin, su fuente) en la potenciacin del individuo -a travs de la razn crtica- en aras del progreso de la humanidad. La libertad provee a cada quien de agencia sobre su destino. Y la agregacin de decisiones tomadas en inters personal encauza el avance comn. Hoy nos falla la asuncin de -confianza en- la racionalidad como motor de convivencia. Cunden en los ltimos tiempos ejemplos de decisiones colectivas -nuestras- que suscitan un “no puede ser” desde el raciocinio. Pero “son”: las explicaciones hay que buscarlas en la esencia misma del sistema.

Empezando por lo obvio: el xito de un planteamiento basado en la racionalidad crtica pasa por su desempeo. Lo entendan as Franklin Delano Roosevelt y Winston Churchill cuando, en 1941, establecieron los cimientos del orden liberal internacional -que sobrevive hoy maltrecho- en la proclama seminal que es La Carta del Atlntico. Urdimbre de principios y valores; trama pragmtica de prosperidad compartida, tejida de comercio, cooperacin econmica, estndares laborales. Y el extraordinario freedom from fear and want (“libres de miedo y hambre”) que ha presidido el periodo referencia, por largo y enjundioso, de victoria sobre la miseria. Idntica inspiracin anim a los padres fundadores del proyecto europeo: construccin de una Europa de paz a travs de los beneficios que proporcionaran (y as ha sido) las cuatro libertades de mercado. Otro tanto cabe decir del American dream: el sueo americano parte de las oportunidades de progreso que ofrece el modelo. Pero cuando los ciudadanos no ven futuro propio ni para sus hijos, no cabe esperar una respuesta de fra lgica. Sino temor.

En eso estamos. Nuestras economas fallan, vemos desvanecerse la perspectiva de das mejores y nos atenazan melancola, incertidumbre, ansiedad. Exacerbadas pues somos criaturas sociales. Necesitamos interaccin, conexin. Hoy, nuestro mundo en mutacin ve desaparecer complejas y ricas redes de relacin. Nos vemos solos -el confinamiento se erige en eptome-. Debilitados o perdidos los anclajes integradores clsicos -familia, iglesia, partido poltico-, vamos a la deriva mientras surgen por doquier -en el mundo real y el virtual- llamamientos a componentes reductores, segmentadores, identitarios, etnocntricos, tribales. Basados en absolutos -perfiles acerados de “ellos” frente a “nosotros”-; planteados en contraste -blancos y negros-. Que nos distancian de la vital amalgama para la convivencia: el compromiso racional, la racionalidad del compromiso. Y en esta espiral de alejamiento se desdibuja el concepto mismo de racionalidad. El tejido social se deshilacha. Porque la racionalidad requiere tambin de consenso; si no es tan relativa como el tiempo. Estamos perdiendo el entendimiento compartido y la perspectiva comn. El liberalismo reducido a los huesos. Hurfano de la ambicin, de la mirada ancha, del motor visionario que fueron La Guerra Fra o la Descolonizacin, ha venido a sustentarse nicamente en la prosperidad. El medio menguante, convertido en fin.

As, en este umbral del ao, tomemos conciencia de dnde estamos. Del peligro de nuestras sociedades partidas. La inmensidad de tarea que nos aguarda: recuperar ambicin y por ende confianza en los principios fundacionales de ciudadana liberal. Volver a la senda del desempeo; que el lamento es entrpico. Tenemos tarea que acometer. Activa, realistamente. Mientras restablecemos espesor en los vnculos colectivos. El lema de La Carta del Atlntico, acuado en la incertidumbre existencial de una guerra mundial cuyo final distaba de clarear, es hoy de lacerante actualidad: no achantarse ante las dificultades, ni siquiera las que se nos presentan como inexorables empujes de la Historia.

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